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Los ojos son ciegos, hay que buscar con el corazón

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    A veces, no nos preocupamos por hacer las cosas mal. No contamos hasta diez, no paramos un momento para valorar el alcance que podrá tener nuestra metedura de pata, no mantenemos la cabeza fría y visualizamos a esa persona a la que tanto queremos o, en falta de esto, que tanto nos quiere, sonriéndonos, sin la más mínima idea de que le vamos a hacer daño. Nos falta ese maldito momento de valorar todo el tiempo que nos ha dedicado, todo lo que ha hecho por nosotras y lo que perderemos si seguimos adelante. El caso es que no paramos, obedecemos al frenesí y es éste el que acaba orquestando nuestro capítulo fallido, ese que seguramente después querremos olvidar. Y así es como se abre ante nosotras el camino a equivocarnos, a desgarrarnos por dentro y a destruir a alguien más, lanzándonos a un dulce vacío que ponía ojitos de colchón. 

    Pero todo el mundo tiene sus domingos: el daño vuelve a ti, multiplicado por diez y punzante como una aguja, implacable como la verdad misma, y es entonces cuando la manta cae y el espejo revela lo que no querías ver. Te sientas en el sofá mirando a la nada, con todo el ruido de tu cabeza y el silencio de tu boca (y de tus acciones), te preguntas en qué momento decidiste dar el primer paso a la perdición y la realidad te golpea como si una cascada hubiera dejado morir sus aguas llenas de furia justo encima de tu cuello; te hunde, te azota, acaba contigo. Es ahí cuando te das cuenta de que el fin de semana ha acabado y que estás hecha polvo echando de menos todo aquello que hacía que tus domingos no solo no dolieran, sino que fueran divertidos. Es aquí cuando caes en la cuenta de la luz que esa persona desprendía todo este tiempo y que ahora las tinieblas están por cada rincón de la casa, por cada recoveco de tu alma. En el momento, no lo pensaste, pero ahora duele como si una bestia con garras quisiera salir de dentro de ti desgarrándote las entrañas. Y ahora, ¿qué puedes hacer? Nadie sabe responderte a eso.

    El perdón es la otra cara de la moneda, el otro protagonista de esta historia de dolor y quemazón. Después de haber metido la pata hasta el cuello, siempre queda que te acerques hasta coger sus manos, tener el valor de mantenerle la mirada y comprender el dolor de sus ojos. Sin embargo, no siempre llega este elixir que tan poderoso podría ser para quien sigue desangrándose mientras trata de vendar sus heridas. Las personas somos sencillas y complicadas, entendemos las situaciones de las demás muy rápido y damos soluciones prácticas en forma de consejo, consejo que después jamás nos aplicamos. Para nosotras, en ocasiones el mundo funciona según sí y no, blanco y negro, cero y diez. Somos complicadas, porque nos empeñamos en dificultarlo todo, en hacerlo más retorcido y en llegar cuanto antes a un punto de no retorno. Estar en una situación así es como verse en un tornado y ser incapaz de hacer que pare mientras observas cómo arrasa con todo. Una disculpa sincera y una conversación son los poderes mágicos con los que soñaba de pequeña, pero aún no lo sabía. Su capacidad de curar a las personas es asombrosa y muchas hablan de ellos, pero pocas son capaces de llevarlos a la práctica. El perdón pondría fin a los domingos llenos del silencio que ahora guardas por haber perdido a quienes querías, por eso hay que ganárselo… Pero no estás lista, y no sé si algún día lo estarás. Solo espero que el ruido de tu mente no termine por explotar en el corazón de otra persona y que los cadáveres emocionales que dejaste por el camino vuelvan a florecer y a llenarse de historias que después cuenten una y otra vez.

    Los domingos nunca fueron tristes, las ausencias sí.

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    Hoy quiero chillar con la fuerza del rock, quiero golpear el cristal por el punto justo para que se haga añicos, quiero que mis golpes suenen como truenos y su eco sea el recuerdo del momento en el que dije basta. Porque eso es lo que quiero expresar: "Basta ya, se acabó". No consigo explicarme cómo dentro de mí sigue habiendo tanto amor y tantas ganas de seguir dando sonrisas y calidez cuando yo he recibido tantos bofetones que me han dejado la cara ardiendo. 

    Me gustaría ser otra persona a veces, sentir un poco menos y dotar a mi cabeza del protagonismo que a menudo le roba mi corazón. Supongo que dejarme querer, aunque aún me cueste creerlo, es mi debilidad, y eso me da miedo, porque mi debilidad suele venir acompañada de malos resultados. Cuando más débil he sido, más me he alejado de mi verdad y de las personas a las que debo tanto. Hoy quiero gritar como si tocara la batería con la fuerza de diez brazos, quiero pedir perdón a voces con el viento a favor y que mi grito viaje hasta llegar a esa persona a la que nunca debí haber fallado. Si lo pienso, no suelo fallar, pero cuando lo hago... Cuando lo hago no pasa desapercibido. 

    Pero de esto me recuperaré, de esto saldré y volveré a brillar porque la verdad me ha hecho libre y mis pecados poco a poco se están desvaneciendo. Cuando has dado un paso en falso y has tomado el camino equivocado, solo queda contarlo y caer sobre tus rodillas. Así que ahora dejo paso a los truenos que me destrozarán los oídos, a ver si con suerte te arrastro conmigo. He sido perdonada, y se siente como si la luz tuviera manos y me hubiera puesto una en la frente mientras me hablaba despacio. Sin embargo, tengo claro lo que no perdono yo. Mi cuerpo es incapaz de cargar con más desengaños, y no quiero volver a aguantar el peso de otros hasta ver cómo se quiebran mis huesos. No me merezco los silencios en mi desesperación, no eran para mí las palabras envenenadas que dictaminaban mi destino como única responsable de una desgracia con dos rostros. Fui parte de una moneda que giraba sin parar y que, cuando lo hizo, la cara se había escapado dejándome esta cruz encima. Fui la Medusa de mi propia historia, con el agravante de que fue a mí a la que convirtieron en piedra con una sola mirada para después cortarme la cabeza. Ahora, las serpientes de mi cabello están muy cabreadas y van a soltar su veneno a través de su mordedura. Aun con la cabeza arrancada, encontrarás si te acercas una muerte segura. 

    Accedí a entrar en el matadero porque no vi el cuchillo antes, lo escondían tus ojos aparentemente carentes de toda mala intención. Aún no consigo explicar por qué doy la espalda a quien quiero, confiando en que protegerán mi punto ciego, para encontrarme después con un rayo de dolor proveniente del costado y sangre emanando del mismo color que ahora tengo los ojos. Furia es lo que me ha quedado y rabia es lo que me protege de que vuelvan a hacerme daño. 

    Ahora, soy libre, porque me he desnudado frente a los dioses y he mostrado el fango que me cubría sin más remedio. He aceptado un juicio justo y de rodillas me he entregado a mi destino tras mis acciones. Siento una paz indescriptible, siento que mis heridas han sanado un poco más, y cuando se ha puesto el sol ya no ha significado la ausencia de luz, sino el final de la angustia que me tenía atada a la pasión para dejar hueco a un amanecer con los ojos rojos, con las alas partidas, pero surcando los cielos con la lección aprendida. Ícaro estaría orgulloso; he vuelto a volar sabiendo que no volveré jamás a acercarme tanto a tu sol que arde en tristeza y desesperación. El perdón es mi final feliz, volar con estas alas heridas es mi nuevo camino. Al menos, hasta que pueda perdonarme a mí.

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    Crónicas de una opresión anunciada, nada nuevo bajo el sol. Si hay algo a resaltar de las personas heteronormativas, es su falta de empatía para con los colectivos oprimidos, desde luego. Este es un asunto peliagudo, aviso, porque la hartura se acumula y la espuma me sale por la boca. Veamos: en este inmenso mar de injusticias y desprecios que soportamos las personas LGTBIQ, voy a centrarme en poner sobre la mesa aquellas que recibimos las lesbianas por parte de nuestras queridísimas hetero. 

    En serio, ¿quién sufrió más: Jesucristo o las lesbianas? Por lo menos a Jesús lo bajaron de la cruz, pero lo que nosotras tenemos que aguantar y llevar sobre los hombros no lo saben ellas, ni lo quieren saber. Estoy muy harta. No, hablemos con propiedad: estoy hasta el mismo coño de que las mujeres hetero nos hagan polvo la cabeza cuando les pica la entrepierna y quieren experimentar. Con los hombres, todo es más serio y más firme, más evidente, para nada secreto y un juego bidireccional. Sin embargo, esto cambia cuando se cruzan con las lesbianas (también meteré en el saco a las bisexuales que no son heteronormativas y/o que se relacionan más con mujeres que con hombres), a las que ven como un conejillo de indias, como un signo de interrogación andante que puede llegar a confundirlas y que no terminan de entender. Antes de empezar, una hetero ya te está dando por hecho. Participar en el juego de las hetero es un error, porque ya no pisas tierra firme; de repente te sientes como si hubiera vuelto tu infancia y todos los problemas que te acarreaba ser diferente, como si volvieras a ser La Bollera de la clase. De pronto, te encuentras en una situación en la que tú ya estás perdiendo y no sabes del todo por qué. Es esa sensación de indefensión, de suelo resbaladizo, de medirte con alguien que te está tratando desde el privilegio y no con horizontalidad. Es pereza, rechazo, jugar con desventaja todo el rato. 

    Mirad, todo el mundo tiene el puñetero derecho de experimentar y descubrir quiénes son, pero no a costa de las demás, porque la chica hetero que te tiene enganchada y con la que piensas que puedes llegar a algo justo va a acabar haciéndote un agujero por donde se van a colar de nuevo todos tus traumas como lesbiana. Porque esta situación, que se repite una y otra vez para nosotras, nunca suele comenzar por nuestro pie, sino que son ellas las que dudan y se acercan a ti con ganas de responderse preguntas. Cariños, todas hemos pasado por ahí, pero eso no os da derecho a tratarnos como si no tuviéramos sentimientos y derechos, como si nuestra voz no contase y ahora solo estuviera en juego vuestra curiosidad y vuestros deseos, dejando de lado completamente lo que nosotras queremos o incluso lo que pensamos. 

    Es una situación humillante para las lesbianas, algo que no tenemos por qué vivir, un baile de máscaras que se basa en "Quiero tonteo" por la noche y "Si te he visto no me acuerdo" durante el día. Es una pelea descompensada porque siempre acabamos nosotras sintiéndonos como si hubiéramos hecho algo malo, como si nos hubiéramos tirado encima de la hetero de turno, como depredadoras a las que han tenido que pararles los pies. Y por supuesto no me hagáis hablar de ese punto en el que mágicamente llegan a hacer algo contigo y después se comportan como si tú las hubieras obligado. Todo es raro, el ambiente cambia; donde antes había deseo y donde antes te buscaban, ahora hay rechazo y silencio. Para ti, como lesbiana, ahora hay culpabilidad e inseguridad: "¿Habré hecho algo que le ha molestado?", "¿No le gustó nada de nada?", "Pero si yo no busqué nada de esto... ¿Por qué me siento así?”. 

    ¡Y aquí empieza lo bueno! Aquí comienza nuestra cruz, hermanas, de la que por cierto nadie nos ha bajado nunca. Este capítulo no tiene desperdicio porque es cuando tú te acercas, toda confusa y perdida ante su comportamiento, tratando de hablar las cosas para que te dé una respuesta. Ya no solo sabes de la existencia de ese suelo resbaladizo, sino que lo estás notando en los zapatos y en todos los músculos de las piernas. Te estás moviendo en un fango que ni siquiera es tuyo y lo estás haciendo con pies de plomo, porque ante todo no quieres que tu amiga la hetero se espante o se enfade por algo que ni siquiera has empezado tú, entonces de repente te ves cargando con la responsabilidad afectiva de las dos, haciendo tu parte y la suya, creyéndote que eres culpable y por tanto no debes hacer ningún movimiento brusco. No sabes por qué, pero así es como te sientes, como si estuvieras bajo vigilancia por haber intentado atacar a alguien. Después de una conversación inútil en la que seguramente tu queridísima hetero te haga luz de gas y escurra el bulto todo lo que pueda, solo te queda la duda sobre ti misma al pensar que quizás lo hayas soñado todo y esa horrible sensación de estar sola en este barco. En medio del tonteo y aquellos días en los que sucedió todo lo tenías muy claro, pero ahora sientes que la única que está dándole vueltas al coco para poder entender lo que está pasando eres tú. 

    Sería bonito que una historia así no ocurriera nunca porque en lugar de silencio y culpabilidad hubiera un mensaje que dijese "Para ser sincera, ni yo sé lo que siento, así que prefiero no hablar de ello por ahora. ¿Te parece bien?", o quizás "Me haces dudar y no estoy segura de si me gustas o qué, pero quiero averiguarlo", o incluso "He descubierto que no me gustan las tías después de esto", y todas estaríamos más tranquilas, hasta puede que nos acabásemos riendo. Todo sería más sencillo si las hetero dedicasen más tiempo a la introspección para que las lesbianas no tuviéramos que cargar con su miedo, su rechazo y sus taras. Lo cierto es que no nos lo merecemos, no es para nosotras eso de empezar algo sin complejo alguno para acabar gestionando los complejos de alguien más. Nosotras ya estuvimos ahí, señoras, ya pasamos por la etapa de no aceptarnos a nosotras mismas y tener miedo todo el rato, ya escondimos un amor debajo del mantel y no pensamos volver al armario entre silencios y vacíos después de un beso. Es mucho pedir a nuestras queridas hetero que no nos utilicen como si fuéramos juguetes para luego volver corriendo con su novio, con ese mismo al que le han puesto los tochos contigo. Y la historia no acaba ahí, porque al final es el novio el que sale en la foto y es ella la que se cree con el poder de negar tu realidad, de jugar con tu complicidad para conseguir tu silencio y de expulsarte de su vida después, con el añadido de negar cualquier cosa que pasara entre vosotras. 

    Por todas estas cosas me revienta, además, ver la banalización y la moda absurda entre las masas de autoproclamarse lesbianas solo porque ahora se habla del tema. Las mujeres que he visto haciendo esto, por cierto, eran heteronormativas para sorpresa de nadie. Lo que quiero decir con esto es que la heteronormatividad sigue queriendo ser la protagonista de absolutamente todo desde el privilegio que la propia norma te proporciona al no ser una mujer masculina o una bollera butch. Las lesbianas no lo somos por moda o por el capricho de atribuirnos una etiqueta a sabiendas de que no es la nuestra; no hemos elegido serlo, pero estamos orgullosas de ello. Y nuestro sufrimiento no es vuestro, porque jamás podréis entenderlo, así que será mejor que cada una se quede con su etiqueta y no se adueñe de los poquísimos privilegios que podamos tener en esta vida ni del dolor que esta identidad lleva consigo frente a la sociedad.

    Yo no pienso volver a doblegarme ante la heteronormatividad, porque ya me ha castigado suficiente toda mi vida. Siempre he sido diferente y he sufrido por ello, por la puta norma, a manos de aquellas personas que consideran que la vida es o rosa o azul. Ay, querida Vanesa, otra vez me veo gritando que la mano furtiva ya no soy yo, sino quien tocó mi piel en una noche de fiesta y de repente se esconde debajo de las piedras como si hubiera cometido un crimen. Una vez más me veo con 17 años, escuchando esa pregunta: "Tía, ¿por qué nunca me habías contado que te gustan las mujeres?". ¿Cómo iba a contártelo a ti? ¡A ti! Que me mirabas con desconfianza por no tener novio, que me reprochaste que te habías cambiado delante de mí, que me insinuabas "ser de esas" por defender a las lesbianas en mi adolescencia, que me dijiste que "se me notaba", que me hacías la vida imposible por ser quien era. ¿Qué cojones os voy a contar a vosotras si solo mentáis a las lesbianas cuando os reís de ellas? Yo sé bien quién soy, el problema no lo tengo yo, y no voy a ser quien os lo resuelva, porque no me sale de las narices guardar más silencio ante vuestras faltas de respeto. Declaro esta guerra en mi nombre y en el de todas mis compañeras.

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    Un día acepté que esto siempre iba a ser así, y hoy me veo aceptando otra idea. Sé que eres la persona perfecta para mí, pero también sé que el miedo y la insuficiencia no te dejan culminar esta historia de amor. Hoy me veo aceptando el hecho de que el arcoíris no va a brillar entre los dos. 

    No pasa nada, pues aunque se cierre esa puerta después de años pensando que iba a abrirse, quiero pensar en el fin como comienzo de algo nuevo. No importa, mi amor, por mucho que estos años haya deseado que fuese diferente. Buscaré otra mano que coger cuando quiera pasear por los recuerdos, otras mejillas que sonrojar con mis comentarios, otra risa que escuchar con nuestras ocurrencias, otra complicidad que disfrutar cuando se trate del juego y del humor. 

    No quiero seguir mirando atrás, aunque tú para mí siempre valgas la pena. Me dueles y esto me escuece, pero un día me esforcé en construir una fortaleza dentro de mí y no quiero que sea en vano. He perdido la cuenta de las veces que nos he imaginado siendo felices como pareja, ya no sé qué más darle al universo para que algún día me responda como espero.

    En su momento, acepté que siempre iba a quererte. Hoy, acepto que no va a poder ser para seguir adelante y cumplir mi deseo de querer ser tu amiga. El silencio es ensordecedor dentro de mi pecho y, sin embargo, no duele tanto como el que tú guardas cuando hablamos del amor. Puede que pronto sepa lo que te ronda la cabeza, puede que me digas de una vez qué es lo que ves cuando me miras. En cualquier caso, ya tengo experiencia en estos temas y no me espero que me correspondas en absoluto, y, de hacerlo, no creo que seas lo suficientemente valiente como para darme el beso que rompa el hechizo. 

    Está bien así, te quiero como eres y siempre lo he hecho. En mi corazón no hay resentimiento, aunque sí un montón de frustración. Supongo que seguiré buscando a alguien que me quiera casi tanto como me quiero yo. En tu caso, me temo que te será difícil dar con alguien que me iguale cuando se trate de amarte con todas las letras. Seguiré haciéndolo, en silencio, hasta que un día se desvanezca. Mientras tanto... buscaré otro olor que me sumerja en fantasías de amor, otros ojos profundos que me agranden el corazón.

    Allá voy.

    Incansable.

    Una vez más.

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    Ya no voy a maltratarme y a decirme "Si es que no aprendo", ya no voy a echarme la culpa de sentir esto. No quiero buscar más enemigas en el espejo. Mirar las cosas de frente siempre me funcionó para no volver a tener miedo, pero contigo la cosa no va así. He intentado cogerte con las dos manos, arroparte sin ahogarte -y sin ahogarme- y darte sin quitarme a mí, pero se ve que no termino de dar con la medida que no me apriete el corazón. Te juro que lo he intentado y aún lo intento. 

    He dejado de tratar de hacerme ver que las cosas pueden ser como yo quiero, porque estoy envenenada de esperanzas que no van a ningún lado. Siempre te doy y siempre me acabo dando cuenta de que nunca dejaré de hacerlo, porque mi cuerpo pide de ti continuamente... y, al final, todo es tan auténtico que no soy capaz de frenarlo. No sé muy bien qué va a ser de mí: si seguiré escribiendo cuando no pueda dormir, si seguiré dedicando frases que me gustaría estampar contra la pared, si seguiré tragándome mis palabras y las tuyas... 

    A veces, me gustaría volar para sentirme un poco menos atrapada en mi ansiedad y en un mundo que, por más grande que sea, se me hace pequeño al respirar con esta dificultad. Querría que hubieras dicho más de lo que ya has dicho, querría que fuera suficiente para mí, para siempre, no suficiente para unos instantes o unos meses. Me gustaría que fuese suficiente para darme paz y sentir que, al menos, lo racional de esto se ha cerrado por fin. Ojalá hubieras dicho las palabras mágicas para darme el bálsamo con el que mis heridas llevan soñando estos años. No sé si siempre estaré escribiendo lo que nunca podré vivir, y duele pensarlo.

    Nadie sabe lo que aprieta esta mano invisible, nadie sabe lo que quema bajo mi ropa cuando trato de sujetar estas ganas. No quiero seguir dándome cabezazos contra el volante cuando ya te has bajado y decirme al llegar a casa que nunca aprendo, que no puedo seguir así, que cómo se me ocurre. No es mi culpa estar viva y sentir amor. Siempre vas a estar y yo siempre voy a estar dispuesta en cuanto me vuelvas a mirar. Esta vez me cogeré de los hombros con dulzura y me diré que no sé muy bien cuándo ni cómo acabará esto. Me gustaría concederle un último baile a esta historia y a estos pensamientos, pero lo cierto es que aún no hemos dejado de bailar y no tengo claro si algún día lo haremos. 

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    Virginia Ayuso

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