Hoy quiero chillar con la fuerza del rock, quiero golpear el cristal por el punto justo para que se haga añicos, quiero que mis golpes suenen como truenos y su eco sea el recuerdo del momento en el que dije basta. Porque eso es lo que quiero expresar: "Basta ya, se acabó". No consigo explicarme cómo dentro de mí sigue habiendo tanto amor y tantas ganas de seguir dando sonrisas y calidez cuando yo he recibido tantos bofetones que me han dejado la cara ardiendo.
Me gustaría ser otra persona a veces, sentir un poco menos y dotar a mi cabeza del protagonismo que a menudo le roba mi corazón. Supongo que dejarme querer, aunque aún me cueste creerlo, es mi debilidad, y eso me da miedo, porque mi debilidad suele venir acompañada de malos resultados. Cuando más débil he sido, más me he alejado de mi verdad y de las personas a las que debo tanto. Hoy quiero gritar como si tocara la batería con la fuerza de diez brazos, quiero pedir perdón a voces con el viento a favor y que mi grito viaje hasta llegar a esa persona a la que nunca debí haber fallado. Si lo pienso, no suelo fallar, pero cuando lo hago... Cuando lo hago no pasa desapercibido.
Pero de esto me recuperaré, de esto saldré y volveré a brillar porque la verdad me ha hecho libre y mis pecados poco a poco se están desvaneciendo. Cuando has dado un paso en falso y has tomado el camino equivocado, solo queda contarlo y caer sobre tus rodillas. Así que ahora dejo paso a los truenos que me destrozarán los oídos, a ver si con suerte te arrastro conmigo. He sido perdonada, y se siente como si la luz tuviera manos y me hubiera puesto una en la frente mientras me hablaba despacio. Sin embargo, tengo claro lo que no perdono yo. Mi cuerpo es incapaz de cargar con más desengaños, y no quiero volver a aguantar el peso de otros hasta ver cómo se quiebran mis huesos. No me merezco los silencios en mi desesperación, no eran para mí las palabras envenenadas que dictaminaban mi destino como única responsable de una desgracia con dos rostros. Fui parte de una moneda que giraba sin parar y que, cuando lo hizo, la cara se había escapado dejándome esta cruz encima. Fui la Medusa de mi propia historia, con el agravante de que fue a mí a la que convirtieron en piedra con una sola mirada para después cortarme la cabeza. Ahora, las serpientes de mi cabello están muy cabreadas y van a soltar su veneno a través de su mordedura. Aun con la cabeza arrancada, encontrarás si te acercas una muerte segura.
Accedí a entrar en el matadero porque no vi el cuchillo antes, lo escondían tus ojos aparentemente carentes de toda mala intención. Aún no consigo explicar por qué doy la espalda a quien quiero, confiando en que protegerán mi punto ciego, para encontrarme después con un rayo de dolor proveniente del costado y sangre emanando del mismo color que ahora tengo los ojos. Furia es lo que me ha quedado y rabia es lo que me protege de que vuelvan a hacerme daño.
Ahora, soy libre, porque me he desnudado frente a los dioses y he mostrado el fango que me cubría sin más remedio. He aceptado un juicio justo y de rodillas me he entregado a mi destino tras mis acciones. Siento una paz indescriptible, siento que mis heridas han sanado un poco más, y cuando se ha puesto el sol ya no ha significado la ausencia de luz, sino el final de la angustia que me tenía atada a la pasión para dejar hueco a un amanecer con los ojos rojos, con las alas partidas, pero surcando los cielos con la lección aprendida. Ícaro estaría orgulloso; he vuelto a volar sabiendo que no volveré jamás a acercarme tanto a tu sol que arde en tristeza y desesperación. El perdón es mi final feliz, volar con estas alas heridas es mi nuevo camino. Al menos, hasta que pueda perdonarme a mí.