Me quedas tú

marzo 25, 2020

Siempre que miro al horizonte, no importa desde qué punto del mundo, sé que no estoy sola. Hay una voz que me grita desde muy lejos y, otras veces, parece que susurra detrás de mi oreja. Tengo la sensación de estar abrigada aunque mis ropas sean de seda y esté en medio de una tormenta de nieve. Hay algo que no me abandona, que me arropa el corazón para que no se me congele cuando el orgullo mata mi voluntad... Dulce néctar de vainilla que se cuela por cada una de mis grietas, evitando que me rompa del todo. 

Siempre que miro al horizonte, siento que me devuelve la mirada en un grito camuflado de silencio, haciendo que florezca paz en mi interior. No importa cuánto pierda en un segundo, porque siempre me quedan unas manos preparadas para aguantar mis caídas en picado. Me queda tu olor para guiarme hasta mi lugar seguro, mi País de las Maravillas donde mis demonios no se atreven a bailar. No les tengo miedo a las olas más grandes que puedan partirme en dos en alta mar si sé que el faro sigue proyectando tu luz hacia donde se besan mi horizonte y el mar, pues aunque no cuente con nadie más, sería capaz de volver a nado si sé que eres tú esa luz que apenas veo parpadear, esperando que vuelva intacta. 

El silencio se convierte en una orquesta de culpa chirriante que me arranca las cicatrices y me acaricia con su sal. El ruido que hace la vida se va apagando por mis escandalosos pensamientos y no veo el momento de soltar el látigo para darle un descanso a la misma espalda que lleva todo el peso de un error. Aquella noche, la luna estaba llena y mi razón se espantó cuando me vi resbalar con mis propias lágrimas, cuando me vi tropezar con las cuerdas de la trampa que había preparado. Me queda mi pena como pesado recordatorio de los pasos en falso que di en contra de mí... En contra de ti. Me queda este rencor cuando me recuerdo, cuando miro mis manos y dibujo mi cuerpo, tratando de encontrar el fallo. Me queda tu nombre en mis labios como reclamo de tu perdón cuando se han abierto mis grietas un poquito más. Y todo acaba igual, todo es empezar para acabar, y cuando se acaba, vuelta a empezar. Y el bucle sigue creciendo, alimentado por el ruido que hace el silencio, el ruido chirriante de los engranajes de mi cabeza chocando unos contra otros y haciendo saltar chispas que acaban por quemar mis circuitos. 

Hasta que te oigo hablar. Todo por un momento se apaga. Todo cesa, todo para. Y por fin puedo empezar a entenderme, a comprenderme, a darme cuenta de que la luna llena me cegó y que quizás es momento de soltar el látigo para coger tus manos. Interrumpes mi agonía para recordarme que soy de verdad y que mi dolor solo significa que he vivido. El perdón es un lujo que no podemos permitirnos quienes hemos sido pobres de voluntad. Quizás algún día pueda abrazar al faro que emana tu luz esperando que vuelva a vivir dentro de mí como antes lo hacía. Quizás algún día vuelva a merecerte de un modo tan firme como lo es tu fe en mí. 

Cuando oigo tu voz sé que es momento de parar, y es entonces cuando el horizonte me devuelve la mirada para abrazarme desde cualquier punto del mundo o de la habitación. Y es en ese momento cuando recuerdo de dónde vengo, dónde nacieron mis sentimientos, de qué estoy hecha... Por más embravecido que esté el mar y por más infestado que se encuentre de tiburones hambrientos de mi culpa, esa luz siempre me espera a la orilla opuesta. Aún no sé cuál sería tu gentilicio si te digo que eres de mí, de mi cuerpo, de mis ganas, de mis sueños, de mis pensamientos, de mis lágrimas, de mis canciones, de mis victorias y de mis derrotas, de mis mejores momentos, de mis poros, de mis melodías. Me das el subidón cuando mi yo está en coma inducido, pura adrenalina que revive a mi corazón agrietado, que ya solo palpita a tu ritmo...


Ya solo palpita a tu ritmo.

You Might Also Like

0 comments