El baile de máscaras

marzo 30, 2020

 — ¿Que si me gustaría escribir algo que no sea triste? ¡Ya lo creo que sí! Pero... ¿Sabes esos momentos en los que todo es gris? Creo... que lo necesito. No se puede ver el sol por segunda vez si no ha caído la noche que lo tape.










Tardé mucho tiempo en darme cuenta de que hay un enemigo que no vive en los rostros que conoces o en los que no. La tormenta me pilló por sorpresa más de dos, y de tres, y de cuatro veces; no pude darme cuenta de que en el cuento había un lobo hasta que mis huesos crujieron entre sus fauces. Siempre tarde... Mis amigos suelen esperarme, mirando fijamente al reloj como si él les devolviera la mirada. Y yo siempre llego tarde, con mi sonrisa de incomodidad y mis disculpas desgastadas. Aún me cuesta darme cuenta de que estoy hablando con la máscara que esconde el rostro de su dueño, sin inquietarme siquiera al ver que no me devuelve la sonrisa. No consigo recordar que todos, en mayor o menor grado, llevamos esa máscara para ocultar nuestro botón rojo. Hay, incluso, algunas que ya no tienen nada detrás... Y yo nunca me doy cuenta.

Nunca me han gustado los bailes de máscaras. Las miradas no se encuentran tan fácil cuando hay algo que las tapa. Y es aquí, usualmente, cuando fallo, porque olvido que todas las almas que danzan en este inmenso salón a mi alrededor no son las únicas que pueden dañar. A veces, mi propia máscara se endurece y se reconstruye sin permiso. No pretendo alimentar el orgullo, el cinismo o la hipocresía, porque creo que, en su sano juicio, nadie querría dar de comer a sus demonios. Sin embargo, en ocasiones me encuentro con la rígida capa que oculta mi cara y que me recuerda que los enemigos más letales no solo bailan al son de sus risas fingidas, sino que también pueden vivir dentro de mí.

Y es entonces cuando decido enfrentarme. No sé pararme cuando ahuyento a mi voz interior, esa que me dice que el fuego quema y que el hielo hiela. ¿Qué clase de arquero torpe se dispararía una flecha a sí mismo? Puede que la primera venda que me quité de los ojos fuera solamente la primera capa, pues no tengo claras las intenciones de las personas que dijeron quererme. Tampoco tengo siempre claras las mías hacia la gente que digo querer. Por mucho que me empeñe, mi enemiga interior sigue ganándome batallas; no son muchas, pero son importantes. Te cogí de la mano y te traje hasta aquí para mostrarte a quienes me hacen daño y tú, confusa, seguiste mirando al espejo que yo te señalaba. 

¿Quiénes sois para juzgarme si no habéis recorrido mis caminos a oscuras como yo lo hice? ¿Acaso una máscara para ocultaros os da el poder de señalarme para asegurar que lo habríais hecho mejor? ¿Qué pretendéis resaltando los errores de los demás para reafirmaros en vuestra falsa seguridad?

Solo puedo aceptar lo que soy, los errores y los aciertos de los que estoy hecha, porque para eso forman parte de mí y nadie jamás podrá arrebatármelos. Mi vida es una complicada melodía que voy componiendo con cada nota, cada acorde y cada hilo de voz que puedo sacar en mis momentos de oscuridad para resurgir después. Voy notando cómo me envuelve el estribillo entre épicas violas y tambores, y aunque nadie más pueda escucharme renacer, sé que está sucediendo.

No ha acabado nada, solo empiezo.

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