Crónicas de una opresión anunciada, nada nuevo bajo el sol. Si hay algo a resaltar de las personas heteronormativas, es su falta de empatía para con los colectivos oprimidos, desde luego. Este es un asunto peliagudo, aviso, porque la hartura se acumula y la espuma me sale por la boca. Veamos: en este inmenso mar de injusticias y desprecios que soportamos las personas LGTBIQ, voy a centrarme en poner sobre la mesa aquellas que recibimos las lesbianas por parte de nuestras queridísimas hetero.
En serio, ¿quién sufrió más: Jesucristo o las lesbianas? Por lo menos a Jesús lo bajaron de la cruz, pero lo que nosotras tenemos que aguantar y llevar sobre los hombros no lo saben ellas, ni lo quieren saber. Estoy muy harta. No, hablemos con propiedad: estoy hasta el mismo coño de que las mujeres hetero nos hagan polvo la cabeza cuando les pica la entrepierna y quieren experimentar. Con los hombres, todo es más serio y más firme, más evidente, para nada secreto y un juego bidireccional. Sin embargo, esto cambia cuando se cruzan con las lesbianas (también meteré en el saco a las bisexuales que no son heteronormativas y/o que se relacionan más con mujeres que con hombres), a las que ven como un conejillo de indias, como un signo de interrogación andante que puede llegar a confundirlas y que no terminan de entender. Antes de empezar, una hetero ya te está dando por hecho. Participar en el juego de las hetero es un error, porque ya no pisas tierra firme; de repente te sientes como si hubiera vuelto tu infancia y todos los problemas que te acarreaba ser diferente, como si volvieras a ser La Bollera de la clase. De pronto, te encuentras en una situación en la que tú ya estás perdiendo y no sabes del todo por qué. Es esa sensación de indefensión, de suelo resbaladizo, de medirte con alguien que te está tratando desde el privilegio y no con horizontalidad. Es pereza, rechazo, jugar con desventaja todo el rato.
Mirad, todo el mundo tiene el puñetero derecho de experimentar y descubrir quiénes son, pero no a costa de las demás, porque la chica hetero que te tiene enganchada y con la que piensas que puedes llegar a algo justo va a acabar haciéndote un agujero por donde se van a colar de nuevo todos tus traumas como lesbiana. Porque esta situación, que se repite una y otra vez para nosotras, nunca suele comenzar por nuestro pie, sino que son ellas las que dudan y se acercan a ti con ganas de responderse preguntas. Cariños, todas hemos pasado por ahí, pero eso no os da derecho a tratarnos como si no tuviéramos sentimientos y derechos, como si nuestra voz no contase y ahora solo estuviera en juego vuestra curiosidad y vuestros deseos, dejando de lado completamente lo que nosotras queremos o incluso lo que pensamos.
Es una situación humillante para las lesbianas, algo que no tenemos por qué vivir, un baile de máscaras que se basa en "Quiero tonteo" por la noche y "Si te he visto no me acuerdo" durante el día. Es una pelea descompensada porque siempre acabamos nosotras sintiéndonos como si hubiéramos hecho algo malo, como si nos hubiéramos tirado encima de la hetero de turno, como depredadoras a las que han tenido que pararles los pies. Y por supuesto no me hagáis hablar de ese punto en el que mágicamente llegan a hacer algo contigo y después se comportan como si tú las hubieras obligado. Todo es raro, el ambiente cambia; donde antes había deseo y donde antes te buscaban, ahora hay rechazo y silencio. Para ti, como lesbiana, ahora hay culpabilidad e inseguridad: "¿Habré hecho algo que le ha molestado?", "¿No le gustó nada de nada?", "Pero si yo no busqué nada de esto... ¿Por qué me siento así?”.
¡Y aquí empieza lo bueno! Aquí comienza nuestra cruz, hermanas, de la que por cierto nadie nos ha bajado nunca. Este capítulo no tiene desperdicio porque es cuando tú te acercas, toda confusa y perdida ante su comportamiento, tratando de hablar las cosas para que te dé una respuesta. Ya no solo sabes de la existencia de ese suelo resbaladizo, sino que lo estás notando en los zapatos y en todos los músculos de las piernas. Te estás moviendo en un fango que ni siquiera es tuyo y lo estás haciendo con pies de plomo, porque ante todo no quieres que tu amiga la hetero se espante o se enfade por algo que ni siquiera has empezado tú, entonces de repente te ves cargando con la responsabilidad afectiva de las dos, haciendo tu parte y la suya, creyéndote que eres culpable y por tanto no debes hacer ningún movimiento brusco. No sabes por qué, pero así es como te sientes, como si estuvieras bajo vigilancia por haber intentado atacar a alguien. Después de una conversación inútil en la que seguramente tu queridísima hetero te haga luz de gas y escurra el bulto todo lo que pueda, solo te queda la duda sobre ti misma al pensar que quizás lo hayas soñado todo y esa horrible sensación de estar sola en este barco. En medio del tonteo y aquellos días en los que sucedió todo lo tenías muy claro, pero ahora sientes que la única que está dándole vueltas al coco para poder entender lo que está pasando eres tú.
Sería bonito que una historia así no ocurriera nunca porque en lugar de silencio y culpabilidad hubiera un mensaje que dijese "Para ser sincera, ni yo sé lo que siento, así que prefiero no hablar de ello por ahora. ¿Te parece bien?", o quizás "Me haces dudar y no estoy segura de si me gustas o qué, pero quiero averiguarlo", o incluso "He descubierto que no me gustan las tías después de esto", y todas estaríamos más tranquilas, hasta puede que nos acabásemos riendo. Todo sería más sencillo si las hetero dedicasen más tiempo a la introspección para que las lesbianas no tuviéramos que cargar con su miedo, su rechazo y sus taras. Lo cierto es que no nos lo merecemos, no es para nosotras eso de empezar algo sin complejo alguno para acabar gestionando los complejos de alguien más. Nosotras ya estuvimos ahí, señoras, ya pasamos por la etapa de no aceptarnos a nosotras mismas y tener miedo todo el rato, ya escondimos un amor debajo del mantel y no pensamos volver al armario entre silencios y vacíos después de un beso. Es mucho pedir a nuestras queridas hetero que no nos utilicen como si fuéramos juguetes para luego volver corriendo con su novio, con ese mismo al que le han puesto los tochos contigo. Y la historia no acaba ahí, porque al final es el novio el que sale en la foto y es ella la que se cree con el poder de negar tu realidad, de jugar con tu complicidad para conseguir tu silencio y de expulsarte de su vida después, con el añadido de negar cualquier cosa que pasara entre vosotras.
Por todas estas cosas me revienta, además, ver la banalización y la moda absurda entre las masas de autoproclamarse lesbianas solo porque ahora se habla del tema. Las mujeres que he visto haciendo esto, por cierto, eran heteronormativas para sorpresa de nadie. Lo que quiero decir con esto es que la heteronormatividad sigue queriendo ser la protagonista de absolutamente todo desde el privilegio que la propia norma te proporciona al no ser una mujer masculina o una bollera butch. Las lesbianas no lo somos por moda o por el capricho de atribuirnos una etiqueta a sabiendas de que no es la nuestra; no hemos elegido serlo, pero estamos orgullosas de ello. Y nuestro sufrimiento no es vuestro, porque jamás podréis entenderlo, así que será mejor que cada una se quede con su etiqueta y no se adueñe de los poquísimos privilegios que podamos tener en esta vida ni del dolor que esta identidad lleva consigo frente a la sociedad.
Yo no pienso volver a doblegarme ante la heteronormatividad, porque ya me ha castigado suficiente toda mi vida. Siempre he sido diferente y he sufrido por ello, por la puta norma, a manos de aquellas personas que consideran que la vida es o rosa o azul. Ay, querida Vanesa, otra vez me veo gritando que la mano furtiva ya no soy yo, sino quien tocó mi piel en una noche de fiesta y de repente se esconde debajo de las piedras como si hubiera cometido un crimen. Una vez más me veo con 17 años, escuchando esa pregunta: "Tía, ¿por qué nunca me habías contado que te gustan las mujeres?". ¿Cómo iba a contártelo a ti? ¡A ti! Que me mirabas con desconfianza por no tener novio, que me reprochaste que te habías cambiado delante de mí, que me insinuabas "ser de esas" por defender a las lesbianas en mi adolescencia, que me dijiste que "se me notaba", que me hacías la vida imposible por ser quien era. ¿Qué cojones os voy a contar a vosotras si solo mentáis a las lesbianas cuando os reís de ellas? Yo sé bien quién soy, el problema no lo tengo yo, y no voy a ser quien os lo resuelva, porque no me sale de las narices guardar más silencio ante vuestras faltas de respeto. Declaro esta guerra en mi nombre y en el de todas mis compañeras.