Todas tenemos nuestros domingos

marzo 19, 2025

A veces, no nos preocupamos por hacer las cosas mal. No contamos hasta diez, no paramos un momento para valorar el alcance que podrá tener nuestra metedura de pata, no mantenemos la cabeza fría y visualizamos a esa persona a la que tanto queremos o, en falta de esto, que tanto nos quiere, sonriéndonos, sin la más mínima idea de que le vamos a hacer daño. Nos falta ese maldito momento de valorar todo el tiempo que nos ha dedicado, todo lo que ha hecho por nosotras y lo que perderemos si seguimos adelante. El caso es que no paramos, obedecemos al frenesí y es éste el que acaba orquestando nuestro capítulo fallido, ese que seguramente después querremos olvidar. Y así es como se abre ante nosotras el camino a equivocarnos, a desgarrarnos por dentro y a destruir a alguien más, lanzándonos a un dulce vacío que ponía ojitos de colchón. 

Pero todo el mundo tiene sus domingos: el daño vuelve a ti, multiplicado por diez y punzante como una aguja, implacable como la verdad misma, y es entonces cuando la manta cae y el espejo revela lo que no querías ver. Te sientas en el sofá mirando a la nada, con todo el ruido de tu cabeza y el silencio de tu boca (y de tus acciones), te preguntas en qué momento decidiste dar el primer paso a la perdición y la realidad te golpea como si una cascada hubiera dejado morir sus aguas llenas de furia justo encima de tu cuello; te hunde, te azota, acaba contigo. Es ahí cuando te das cuenta de que el fin de semana ha acabado y que estás hecha polvo echando de menos todo aquello que hacía que tus domingos no solo no dolieran, sino que fueran divertidos. Es aquí cuando caes en la cuenta de la luz que esa persona desprendía todo este tiempo y que ahora las tinieblas están por cada rincón de la casa, por cada recoveco de tu alma. En el momento, no lo pensaste, pero ahora duele como si una bestia con garras quisiera salir de dentro de ti desgarrándote las entrañas. Y ahora, ¿qué puedes hacer? Nadie sabe responderte a eso.

El perdón es la otra cara de la moneda, el otro protagonista de esta historia de dolor y quemazón. Después de haber metido la pata hasta el cuello, siempre queda que te acerques hasta coger sus manos, tener el valor de mantenerle la mirada y comprender el dolor de sus ojos. Sin embargo, no siempre llega este elixir que tan poderoso podría ser para quien sigue desangrándose mientras trata de vendar sus heridas. Las personas somos sencillas y complicadas, entendemos las situaciones de las demás muy rápido y damos soluciones prácticas en forma de consejo, consejo que después jamás nos aplicamos. Para nosotras, en ocasiones el mundo funciona según sí y no, blanco y negro, cero y diez. Somos complicadas, porque nos empeñamos en dificultarlo todo, en hacerlo más retorcido y en llegar cuanto antes a un punto de no retorno. Estar en una situación así es como verse en un tornado y ser incapaz de hacer que pare mientras observas cómo arrasa con todo. Una disculpa sincera y una conversación son los poderes mágicos con los que soñaba de pequeña, pero aún no lo sabía. Su capacidad de curar a las personas es asombrosa y muchas hablan de ellos, pero pocas son capaces de llevarlos a la práctica. El perdón pondría fin a los domingos llenos del silencio que ahora guardas por haber perdido a quienes querías, por eso hay que ganárselo… Pero no estás lista, y no sé si algún día lo estarás. Solo espero que el ruido de tu mente no termine por explotar en el corazón de otra persona y que los cadáveres emocionales que dejaste por el camino vuelvan a florecer y a llenarse de historias que después cuenten una y otra vez.

Los domingos nunca fueron tristes, las ausencias sí.

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