Estoy hecha de momentos. Estoy hecha de vida que encuentro entre las grietas de la monotonía, como esa flor que crece en el asfalto, resaltando por su pureza y su determinación.
Estoy hecha de que me guiñes el ojo, de que me cojas la mano sin miedo, de que me abraces por detrás y me rodees el cuerpo, de que me digas que no puedes perderme, de que me señales como a tu persona favorita, de que te rías y me pegues después, de verte aparecer en coche, de ONE de Calvin Klein, de taparte la boca cuando no quiero escucharte y que tu risa se ahogue en la palma de mi mano, de decirte que voy a echarte de menos, de confesarte que te habría besado aquel día, de que me digas que se te hace raro no dormir conmigo, de tus chistes absurdos y tremendamente graciosos, de nuestra conexión al bailar, de bailar para conectarnos... Estoy hecha de momentos que alimentan mi alma y la llenan de luz.
Estoy hecha de que me digan que soy importante en sus vidas, de que me den todo el amor que llevan dentro sin miedo a lo que piensen, de que me pongan el paraguas encima sin haberlo pedido, de un "qué bien hueles", de que me esperen cuando llego tarde y se rían otra vez, de que me besen -mucho y bien-, de una buena canción a gritos, de una mirada prohibida, de complicidad muda, de ganas de saltar para ver qué hay abajo...
Estoy hecha de amar y de que me amen.