Miércoles Addams

julio 02, 2023

Hay una razón por la que no me gusta nada la religión, y no es precisamente porque no me crea algunas cosas que dice la Biblia. Si realmente ocurrieron o no, lo ignoro, pero detesto el fanatismo. Es algo que produce que mi cara se arrugue involuntariamente y se tuerza en una mueca de rechazo y quizás algo de compasión. Nunca he entendido la devoción, es algo que me aburre profundamente. Las personas tenemos emociones y gustos; ambas cosas nos hacen rodearnos de otras personas y de situaciones que encajen con nosotras y nos aporten algo. Sin embargo, vender tu alma a una entidad invisible que no ha demostrado nunca que realmente esté escuchando no tiene sentido para mí. 

No me gusta que me endiosen y me coloquen en un pedestal como si fuera una especie de salvadora o estuviese a punto de hacer un gesto que obligase a cualquiera a ponerse de rodillas. Aborrezco las reverencias... No hay nada más aburrido en este mundo. Que alguien te vea como su diosa y te trate como tal es algo que nunca voy a lograr entender, trayendo regalos a tus pies y besando los lugares por los que pasan tus zapatos. ¿Qué diferencia hay entonces entre hincar las rodillas ante un dios y hacerlo con un anillo en una caja? 

No pretendo tener la respuesta para todo, pero sí que la tengo para esto: aburrimiento, fastidio, desgana, un profundo hastío que me recorre el alma. La verdadera luz para mí es lo intrínsecamente genuino que es el amor: esa persona que te ve y de repente su día ya es un poco mejor, un mensaje bonito que te desee que te vaya bien en lo que sea, un momento improvisado que termine con un _"Me lo he pasado genial contigo"_, un abrazo sincero ni muy intenso ni muy corto.

Para mí, la mejor forma de captar mi interés es la sencillez del amor y su genuina forma de nacer y crecer. Una rueda que no necesita que nadie la empuje para rodar. Es lo más parecido a una verdadera aventura. 

Y yo amo las aventuras.

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