Pages

  • Inicio
  • Sobre mí

Los ojos son ciegos, hay que buscar con el corazón

    • Última entrada
    • Entrada más antigua
    • Instagram

    Me era muy fácil tratarte como a la única persona de mi mundo, dándote todo el amor y el cuidado que me cabía dentro. Tú jamás frenaste eso, incluso llegaste a insinuarme con tus propias palabras que había un tesoro marcado con una equis en el mapa, un cofre que contenía lo que yo buscaba: lo recíproco. Te escondiste detrás de las excusas, de las historias que se titulaban "Pero, ¿y si saliera mal y te perdiera?". Yo, mientras tanto, pasé años de mi vida buscando respuestas en ti, persiguiendo la sombra de una conversación incómoda pero honesta que me permitiera avanzar, una en la que no huyeras o me hablaras con condescendencia cada vez que mis sentimientos se ponían sobre la mesa. Fue mucho pedir que conectases con la realidad de mi sufrimiento, de mi anhelo y de mis peticiones de apoyo directas a ti. Fue mucho suponer que ibas a dejar de disociar en algún momento para hablarme como la amiga que yo esperaba, como esa que yo sí fui contigo. Ahora sé que nunca tengo que volver a buscar respuestas en alguien que no sea yo, porque, de lo contrario, regresaría a algo que amenaza con romper mi paz de nuevo.

    Durante años, cada vez que te expresaba lo que sentía tú te ibas y entraba otra persona: una equidistante, una objetiva, una que me proveía de un falso alivio, porque yo jamás busqué todo eso. Yo solo quería saber qué sentías tú. Fue mucho esperar que me liberases de aquello, que me dijeras lo que necesitaba escuchar para ponerme en marcha y protegerme un poco más. 

    Ha pasado el tiempo, y ahora tengo la sensación de que en el fondo estabas cómoda con todo eso: con mi cariño inacabable, con que te acariciase las heridas, con cogernos de la mano, con tener a quien te veía con esos ojos que solo tienes cuando estás enamorada, con dejarme decirte lo increíble que eras y lo preciosa que me parecías, con ponerte una sonrisa cómplice cada vez que te arreglabas, con mirarte con ese apetito en los ojos, con hacerte sentir ese fuego que te reconfortaba pero que nunca fue suficiente. Creo que esas cosas, al final, te gustaban, porque el equilibrio perfecto entre un amor pasional y saber llevarte a ti y a tus tiempos te lo di yo. Lo hice sin pararme a pensar en que tú no ibas a devolverme lo mismo.

    Siempre me decías que querías a alguien que te viera con mis ojos y que te dijera un tercio de las cosas que yo te decía, dejándome quererte de aquella forma tan intensa sin ponerme jamás los pies sobre la tierra. Me dejaste caer en ese sentido, porque no fuiste capaz de revelar la verdad, de respetarme y aceptar que yo tenía derecho a saber que no era cierto que, de alguna manera, sentías lo mismo, que me pertenecía la decisión de tomar distancia para no darte todo lo que no iba a ningún lado.

    Yo te arropé, te cuidé, te besé en las mejillas cada vez que tenías malos sueños y te abracé con fuerza cuando parecía que te ibas a desmoronar; tú me hiciste correr en una espiral de condescendencia, incapaz de enfrentar nuestras conversaciones incómodas, siendo tan increíblemente certera en todos los problemas ajenos a nosotras pero tan torpe para los que había entre tú y yo. Ojalá hubieras tenido la consideración y la valentía que hacen falta para ayudarme a ver con claridad, para hacerme llegar una verdad tan amarga como necesaria que me hiciera despertar y me permitiera avanzar lejos de todos tus comentarios abstractos. Ojalá hubieras sido capaz de no dejar estar todo el amor que nunca pudiste corresponderme.

    Pero lo que más furiosa me pone no es toda esta historia, aunque lo parezca: lo peor de todo fue escuchar cómo me acusabas de vivir en el pasado, de no saber salir de las cosas que un día me dolieron contigo y por las que ni siquiera tuviste el valor de pedirme perdón. Te ponías a la defensiva cuando la que necesitaba hablar era yo, cuando hacías algo que me afectaba y mi intención era buscar una charla para entendernos las dos. Me culpabas por seguir pensando en tus faltas de respeto, me describías la herida que tengo, como si me psicoanalizaras, me sentabas otra vez en el sillón de terapia con el fin de no llegar a reconocer nunca que tú también te has equivocado conmigo y que no siempre me has tratado tan bien como te crees. Años buscando esa paz, pactando una tregua y buscándote para hablar contigo, desplegando (en los momentos en los que más fuerte me sentía) todo mi arsenal de pedagogía buscando que esta vez no me sacases las garras. Expresarte cómo me sentía me generaba rechazo y pavor porque siempre sabía cómo terminaba. 

    Arreglábamos el mundo con nuestras charlas, pero tú hacías tambalear los cimientos del mío con cada huída, con cada falta de respeto, con cada "No" cuando necesitaba hablar de lo que sentía, a pesar de que eso me estuviera retorciendo por dentro. Hoy me voy arriba, me subo a ese lugar alto que nos pertenecía para gritar con la ciudad a mis pies que ya no hace falta que te vayas, que ya he volado lejos de todo lo que no me decías. 

    ¡No te jode! Claro que tengo una herida, porque duele mucho pasar años viéndote como todo lo que yo quería para que luego me golpeara tu silencio cuando solo pretendía que nos entendiéramos, que hubiera otra salida, que por una vez me dijeras "Lo siento" y me quitaras todo el rechazo que le tenía a hablar contigo. Solo intenté que fuéramos un equipo en lugar de sostener yo sola lo que creía ideal.

    Por todos estos motivos, mi corazón no terminaba de latir tranquilo a tu lado, y eso es lo que me ha hecho emprender mi propio camino lejos de que te niegues a entenderme, lejos de tu condescendencia y fuera del alcance de esos feos que no merecía. Tienes razón, llevo conmigo una herida, esa que tiene tu nombre entre otros, esa que me hace tener miedo de volver a entregarme tanto, esa que me ha hecho morder sin preguntar primero, esa que me quedó en su día al acordarme de cuando me decías que no entenderías el mundo sin mí y que, si no existiera, me inventarías. Pero no todo es malo, también he aprendido que debo ser más selectiva con las personas en las que vuelco todo mi ser, porque no me gustaría volver a verme arrepentida.

    Esta es la última carta que voy a escribirte, este es mi último adiós para cerrar un ciclo que hace tiempo ya se terminó. 

    Y, aunque a veces cueste, sonreiré por todo lo bueno que un día nos dimos. 

    Hasta la vista.

    Continue Reading

    A veces, no nos preocupamos por hacer las cosas mal. No contamos hasta diez, no paramos un momento para valorar el alcance que podrá tener nuestra metedura de pata, no mantenemos la cabeza fría y visualizamos a esa persona a la que tanto queremos o, en falta de esto, que tanto nos quiere, sonriéndonos, sin la más mínima idea de que le vamos a hacer daño. Nos falta ese maldito momento de valorar todo el tiempo que nos ha dedicado, todo lo que ha hecho por nosotras y lo que perderemos si seguimos adelante. El caso es que no paramos, obedecemos al frenesí y es éste el que acaba orquestando nuestro capítulo fallido, ese que seguramente después querremos olvidar. Y así es como se abre ante nosotras el camino a equivocarnos, a desgarrarnos por dentro y a destruir a alguien más, lanzándonos a un dulce vacío que ponía ojitos de colchón. 

    Pero todo el mundo tiene sus domingos: el daño vuelve a ti, multiplicado por diez y punzante como una aguja, implacable como la verdad misma, y es entonces cuando la manta cae y el espejo revela lo que no querías ver. Te sientas en el sofá mirando a la nada, con todo el ruido de tu cabeza y el silencio de tu boca (y de tus acciones), te preguntas en qué momento decidiste dar el primer paso a la perdición y la realidad te golpea como si una cascada hubiera dejado morir sus aguas llenas de furia justo encima de tu cuello; te hunde, te azota, acaba contigo. Es ahí cuando te das cuenta de que el fin de semana ha acabado y que estás hecha polvo echando de menos todo aquello que hacía que tus domingos no solo no dolieran, sino que fueran divertidos. Es aquí cuando caes en la cuenta de la luz que esa persona desprendía todo este tiempo y que ahora las tinieblas están por cada rincón de la casa, por cada recoveco de tu alma. En el momento, no lo pensaste, pero ahora duele como si una bestia con garras quisiera salir de dentro de ti desgarrándote las entrañas. Y ahora, ¿qué puedes hacer? Nadie sabe responderte a eso.

    El perdón es la otra cara de la moneda, el otro protagonista de esta historia de dolor y quemazón. Después de haber metido la pata hasta el cuello, siempre queda que te acerques hasta coger sus manos, tener el valor de mantenerle la mirada y comprender el dolor de sus ojos. Sin embargo, no siempre llega este elixir que tan poderoso podría ser para quien sigue desangrándose mientras trata de vendar sus heridas. Las personas somos sencillas y complicadas, entendemos las situaciones de las demás muy rápido y damos soluciones prácticas en forma de consejo, consejo que después jamás nos aplicamos. Para nosotras, en ocasiones el mundo funciona según sí y no, blanco y negro, cero y diez. Somos complicadas, porque nos empeñamos en dificultarlo todo, en hacerlo más retorcido y en llegar cuanto antes a un punto de no retorno. Estar en una situación así es como verse en un tornado y ser incapaz de hacer que pare mientras observas cómo arrasa con todo. Una disculpa sincera y una conversación son los poderes mágicos con los que soñaba de pequeña, pero aún no lo sabía. Su capacidad de curar a las personas es asombrosa y muchas hablan de ellos, pero pocas son capaces de llevarlos a la práctica. El perdón pondría fin a los domingos llenos del silencio que ahora guardas por haber perdido a quienes querías, por eso hay que ganárselo… Pero no estás lista, y no sé si algún día lo estarás. Solo espero que el ruido de tu mente no termine por explotar en el corazón de otra persona y que los cadáveres emocionales que dejaste por el camino vuelvan a florecer y a llenarse de historias que después cuenten una y otra vez.

    Los domingos nunca fueron tristes, las ausencias sí.

    Continue Reading

    Hoy quiero chillar con la fuerza del rock, quiero golpear el cristal por el punto justo para que se haga añicos, quiero que mis golpes suenen como truenos y su eco sea el recuerdo del momento en el que dije basta. Porque eso es lo que quiero expresar: "Basta ya, se acabó". No consigo explicarme cómo dentro de mí sigue habiendo tanto amor y tantas ganas de seguir dando sonrisas y calidez cuando yo he recibido tantos bofetones que me han dejado la cara ardiendo. 

    Me gustaría ser otra persona a veces, sentir un poco menos y dotar a mi cabeza del protagonismo que a menudo le roba mi corazón. Supongo que dejarme querer, aunque aún me cueste creerlo, es mi debilidad, y eso me da miedo, porque mi debilidad suele venir acompañada de malos resultados. Cuando más débil he sido, más me he alejado de mi verdad y de las personas a las que debo tanto. Hoy quiero gritar como si tocara la batería con la fuerza de diez brazos, quiero pedir perdón a voces con el viento a favor y que mi grito viaje hasta llegar a esa persona a la que nunca debí haber fallado. Si lo pienso, no suelo fallar, pero cuando lo hago... Cuando lo hago no pasa desapercibido. 

    Pero de esto me recuperaré, de esto saldré y volveré a brillar porque la verdad me ha hecho libre y mis pecados poco a poco se están desvaneciendo. Cuando has dado un paso en falso y has tomado el camino equivocado, solo queda contarlo y caer sobre tus rodillas. Así que ahora dejo paso a los truenos que me destrozarán los oídos, a ver si con suerte te arrastro conmigo. He sido perdonada, y se siente como si la luz tuviera manos y me hubiera puesto una en la frente mientras me hablaba despacio. Sin embargo, tengo claro lo que no perdono yo. Mi cuerpo es incapaz de cargar con más desengaños, y no quiero volver a aguantar el peso de otros hasta ver cómo se quiebran mis huesos. No me merezco los silencios en mi desesperación, no eran para mí las palabras envenenadas que dictaminaban mi destino como única responsable de una desgracia con dos rostros. Fui parte de una moneda que giraba sin parar y que, cuando lo hizo, la cara se había escapado dejándome esta cruz encima. Fui la Medusa de mi propia historia, con el agravante de que fue a mí a la que convirtieron en piedra con una sola mirada para después cortarme la cabeza. Ahora, las serpientes de mi cabello están muy cabreadas y van a soltar su veneno a través de su mordedura. Aun con la cabeza arrancada, encontrarás si te acercas una muerte segura. 

    Accedí a entrar en el matadero porque no vi el cuchillo antes, lo escondían tus ojos aparentemente carentes de toda mala intención. Aún no consigo explicar por qué doy la espalda a quien quiero, confiando en que protegerán mi punto ciego, para encontrarme después con un rayo de dolor proveniente del costado y sangre emanando del mismo color que ahora tengo los ojos. Furia es lo que me ha quedado y rabia es lo que me protege de que vuelvan a hacerme daño. 

    Ahora, soy libre, porque me he desnudado frente a los dioses y he mostrado el fango que me cubría sin más remedio. He aceptado un juicio justo y de rodillas me he entregado a mi destino tras mis acciones. Siento una paz indescriptible, siento que mis heridas han sanado un poco más, y cuando se ha puesto el sol ya no ha significado la ausencia de luz, sino el final de la angustia que me tenía atada a la pasión para dejar hueco a un amanecer con los ojos rojos, con las alas partidas, pero surcando los cielos con la lección aprendida. Ícaro estaría orgulloso; he vuelto a volar sabiendo que no volveré jamás a acercarme tanto a tu sol que arde en tristeza y desesperación. El perdón es mi final feliz, volar con estas alas heridas es mi nuevo camino. Al menos, hasta que pueda perdonarme a mí.

    Continue Reading

    Crónicas de una opresión anunciada, nada nuevo bajo el sol. Si hay algo a resaltar de las personas heteronormativas, es su falta de empatía para con los colectivos oprimidos, desde luego. Este es un asunto peliagudo, aviso, porque la hartura se acumula y la espuma me sale por la boca. Veamos: en este inmenso mar de injusticias y desprecios que soportamos las personas LGTBIQ, voy a centrarme en poner sobre la mesa aquellas que recibimos las lesbianas por parte de nuestras queridísimas hetero. 

    En serio, ¿quién sufrió más: Jesucristo o las lesbianas? Por lo menos a Jesús lo bajaron de la cruz, pero lo que nosotras tenemos que aguantar y llevar sobre los hombros no lo saben ellas, ni lo quieren saber. Estoy muy harta. No, hablemos con propiedad: estoy hasta el mismo coño de que las mujeres hetero nos hagan polvo la cabeza cuando les pica la entrepierna y quieren experimentar. Con los hombres, todo es más serio y más firme, más evidente, para nada secreto y un juego bidireccional. Sin embargo, esto cambia cuando se cruzan con las lesbianas (también meteré en el saco a las bisexuales que no son heteronormativas y/o que se relacionan más con mujeres que con hombres), a las que ven como un conejillo de indias, como un signo de interrogación andante que puede llegar a confundirlas y que no terminan de entender. Antes de empezar, una hetero ya te está dando por hecho. Participar en el juego de las hetero es un error, porque ya no pisas tierra firme; de repente te sientes como si hubiera vuelto tu infancia y todos los problemas que te acarreaba ser diferente, como si volvieras a ser La Bollera de la clase. De pronto, te encuentras en una situación en la que tú ya estás perdiendo y no sabes del todo por qué. Es esa sensación de indefensión, de suelo resbaladizo, de medirte con alguien que te está tratando desde el privilegio y no con horizontalidad. Es pereza, rechazo, jugar con desventaja todo el rato. 

    Mirad, todo el mundo tiene el puñetero derecho de experimentar y descubrir quiénes son, pero no a costa de las demás, porque la chica hetero que te tiene enganchada y con la que piensas que puedes llegar a algo justo va a acabar haciéndote un agujero por donde se van a colar de nuevo todos tus traumas como lesbiana. Porque esta situación, que se repite una y otra vez para nosotras, nunca suele comenzar por nuestro pie, sino que son ellas las que dudan y se acercan a ti con ganas de responderse preguntas. Cariños, todas hemos pasado por ahí, pero eso no os da derecho a tratarnos como si no tuviéramos sentimientos y derechos, como si nuestra voz no contase y ahora solo estuviera en juego vuestra curiosidad y vuestros deseos, dejando de lado completamente lo que nosotras queremos o incluso lo que pensamos. 

    Es una situación humillante para las lesbianas, algo que no tenemos por qué vivir, un baile de máscaras que se basa en "Quiero tonteo" por la noche y "Si te he visto no me acuerdo" durante el día. Es una pelea descompensada porque siempre acabamos nosotras sintiéndonos como si hubiéramos hecho algo malo, como si nos hubiéramos tirado encima de la hetero de turno, como depredadoras a las que han tenido que pararles los pies. Y por supuesto no me hagáis hablar de ese punto en el que mágicamente llegan a hacer algo contigo y después se comportan como si tú las hubieras obligado. Todo es raro, el ambiente cambia; donde antes había deseo y donde antes te buscaban, ahora hay rechazo y silencio. Para ti, como lesbiana, ahora hay culpabilidad e inseguridad: "¿Habré hecho algo que le ha molestado?", "¿No le gustó nada de nada?", "Pero si yo no busqué nada de esto... ¿Por qué me siento así?”. 

    ¡Y aquí empieza lo bueno! Aquí comienza nuestra cruz, hermanas, de la que por cierto nadie nos ha bajado nunca. Este capítulo no tiene desperdicio porque es cuando tú te acercas, toda confusa y perdida ante su comportamiento, tratando de hablar las cosas para que te dé una respuesta. Ya no solo sabes de la existencia de ese suelo resbaladizo, sino que lo estás notando en los zapatos y en todos los músculos de las piernas. Te estás moviendo en un fango que ni siquiera es tuyo y lo estás haciendo con pies de plomo, porque ante todo no quieres que tu amiga la hetero se espante o se enfade por algo que ni siquiera has empezado tú, entonces de repente te ves cargando con la responsabilidad afectiva de las dos, haciendo tu parte y la suya, creyéndote que eres culpable y por tanto no debes hacer ningún movimiento brusco. No sabes por qué, pero así es como te sientes, como si estuvieras bajo vigilancia por haber intentado atacar a alguien. Después de una conversación inútil en la que seguramente tu queridísima hetero te haga luz de gas y escurra el bulto todo lo que pueda, solo te queda la duda sobre ti misma al pensar que quizás lo hayas soñado todo y esa horrible sensación de estar sola en este barco. En medio del tonteo y aquellos días en los que sucedió todo lo tenías muy claro, pero ahora sientes que la única que está dándole vueltas al coco para poder entender lo que está pasando eres tú. 

    Sería bonito que una historia así no ocurriera nunca porque en lugar de silencio y culpabilidad hubiera un mensaje que dijese "Para ser sincera, ni yo sé lo que siento, así que prefiero no hablar de ello por ahora. ¿Te parece bien?", o quizás "Me haces dudar y no estoy segura de si me gustas o qué, pero quiero averiguarlo", o incluso "He descubierto que no me gustan las tías después de esto", y todas estaríamos más tranquilas, hasta puede que nos acabásemos riendo. Todo sería más sencillo si las hetero dedicasen más tiempo a la introspección para que las lesbianas no tuviéramos que cargar con su miedo, su rechazo y sus taras. Lo cierto es que no nos lo merecemos, no es para nosotras eso de empezar algo sin complejo alguno para acabar gestionando los complejos de alguien más. Nosotras ya estuvimos ahí, señoras, ya pasamos por la etapa de no aceptarnos a nosotras mismas y tener miedo todo el rato, ya escondimos un amor debajo del mantel y no pensamos volver al armario entre silencios y vacíos después de un beso. Es mucho pedir a nuestras queridas hetero que no nos utilicen como si fuéramos juguetes para luego volver corriendo con su novio, con ese mismo al que le han puesto los tochos contigo. Y la historia no acaba ahí, porque al final es el novio el que sale en la foto y es ella la que se cree con el poder de negar tu realidad, de jugar con tu complicidad para conseguir tu silencio y de expulsarte de su vida después, con el añadido de negar cualquier cosa que pasara entre vosotras. 

    Por todas estas cosas me revienta, además, ver la banalización y la moda absurda entre las masas de autoproclamarse lesbianas solo porque ahora se habla del tema. Las mujeres que he visto haciendo esto, por cierto, eran heteronormativas para sorpresa de nadie. Lo que quiero decir con esto es que la heteronormatividad sigue queriendo ser la protagonista de absolutamente todo desde el privilegio que la propia norma te proporciona al no ser una mujer masculina o una bollera butch. Las lesbianas no lo somos por moda o por el capricho de atribuirnos una etiqueta a sabiendas de que no es la nuestra; no hemos elegido serlo, pero estamos orgullosas de ello. Y nuestro sufrimiento no es vuestro, porque jamás podréis entenderlo, así que será mejor que cada una se quede con su etiqueta y no se adueñe de los poquísimos privilegios que podamos tener en esta vida ni del dolor que esta identidad lleva consigo frente a la sociedad.

    Yo no pienso volver a doblegarme ante la heteronormatividad, porque ya me ha castigado suficiente toda mi vida. Siempre he sido diferente y he sufrido por ello, por la puta norma, a manos de aquellas personas que consideran que la vida es o rosa o azul. Ay, querida Vanesa, otra vez me veo gritando que la mano furtiva ya no soy yo, sino quien tocó mi piel en una noche de fiesta y de repente se esconde debajo de las piedras como si hubiera cometido un crimen. Una vez más me veo con 17 años, escuchando esa pregunta: "Tía, ¿por qué nunca me habías contado que te gustan las mujeres?". ¿Cómo iba a contártelo a ti? ¡A ti! Que me mirabas con desconfianza por no tener novio, que me reprochaste que te habías cambiado delante de mí, que me insinuabas "ser de esas" por defender a las lesbianas en mi adolescencia, que me dijiste que "se me notaba", que me hacías la vida imposible por ser quien era. ¿Qué cojones os voy a contar a vosotras si solo mentáis a las lesbianas cuando os reís de ellas? Yo sé bien quién soy, el problema no lo tengo yo, y no voy a ser quien os lo resuelva, porque no me sale de las narices guardar más silencio ante vuestras faltas de respeto. Declaro esta guerra en mi nombre y en el de todas mis compañeras.

    Continue Reading

    Un día acepté que esto siempre iba a ser así, y hoy me veo aceptando otra idea. Sé que eres la persona perfecta para mí, pero también sé que el miedo y la insuficiencia no te dejan culminar esta historia de amor. Hoy me veo aceptando el hecho de que el arcoíris no va a brillar entre los dos. 

    No pasa nada, pues aunque se cierre esa puerta después de años pensando que iba a abrirse, quiero pensar en el fin como comienzo de algo nuevo. No importa, mi amor, por mucho que estos años haya deseado que fuese diferente. Buscaré otra mano que coger cuando quiera pasear por los recuerdos, otras mejillas que sonrojar con mis comentarios, otra risa que escuchar con nuestras ocurrencias, otra complicidad que disfrutar cuando se trate del juego y del humor. 

    No quiero seguir mirando atrás, aunque tú para mí siempre valgas la pena. Me dueles y esto me escuece, pero un día me esforcé en construir una fortaleza dentro de mí y no quiero que sea en vano. He perdido la cuenta de las veces que nos he imaginado siendo felices como pareja, ya no sé qué más darle al universo para que algún día me responda como espero.

    En su momento, acepté que siempre iba a quererte. Hoy, acepto que no va a poder ser para seguir adelante y cumplir mi deseo de querer ser tu amiga. El silencio es ensordecedor dentro de mi pecho y, sin embargo, no duele tanto como el que tú guardas cuando hablamos del amor. Puede que pronto sepa lo que te ronda la cabeza, puede que me digas de una vez qué es lo que ves cuando me miras. En cualquier caso, ya tengo experiencia en estos temas y no me espero que me correspondas en absoluto, y, de hacerlo, no creo que seas lo suficientemente valiente como para darme el beso que rompa el hechizo. 

    Está bien así, te quiero como eres y siempre lo he hecho. En mi corazón no hay resentimiento, aunque sí un montón de frustración. Supongo que seguiré buscando a alguien que me quiera casi tanto como me quiero yo. En tu caso, me temo que te será difícil dar con alguien que me iguale cuando se trate de amarte con todas las letras. Seguiré haciéndolo, en silencio, hasta que un día se desvanezca. Mientras tanto... buscaré otro olor que me sumerja en fantasías de amor, otros ojos profundos que me agranden el corazón.

    Allá voy.

    Incansable.

    Una vez más.

    Continue Reading
    Newer
    Stories
    Older
    Stories

    Virginia Ayuso

    Photo Profile
    Virginia Ayuso

    Escribir para conocerme, para curar y para dar nombre a lo inefable

    Redes sociales

    • twitter
    • instagram

    ARCHIVO

    • agosto 2025 (1)
    • julio 2025 (1)
    • marzo 2025 (1)
    • septiembre 2024 (1)
    • marzo 2024 (1)
    • octubre 2023 (2)
    • septiembre 2023 (1)
    • julio 2023 (4)
    • junio 2023 (2)
    • mayo 2023 (2)
    • mayo 2022 (7)
    • marzo 2022 (3)
    • enero 2021 (1)
    • julio 2020 (2)
    • junio 2020 (1)
    • marzo 2020 (2)

    Created with by BeautyTemplates | Distributed By Gooyaabi Templates

    Back to top