Me era muy fácil tratarte como a la única persona de mi mundo, dándote todo el amor y el cuidado que me cabía dentro. Tú jamás frenaste eso, incluso llegaste a insinuarme con tus propias palabras que había un tesoro marcado con una equis en el mapa, un cofre que contenía lo que yo buscaba: lo recíproco. Te escondiste detrás de las excusas, de las historias que se titulaban "Pero, ¿y si saliera mal y te perdiera?". Yo, mientras tanto, pasé años de mi vida buscando respuestas en ti, persiguiendo la sombra de una conversación incómoda pero honesta que me permitiera avanzar, una en la que no huyeras o me hablaras con condescendencia cada vez que mis sentimientos se ponían sobre la mesa. Fue mucho pedir que conectases con la realidad de mi sufrimiento, de mi anhelo y de mis peticiones de apoyo directas a ti. Fue mucho suponer que ibas a dejar de disociar en algún momento para hablarme como la amiga que yo esperaba, como esa que yo sí fui contigo. Ahora sé que nunca tengo que volver a buscar respuestas en alguien que no sea yo, porque, de lo contrario, regresaría a algo que amenaza con romper mi paz de nuevo.
Durante años, cada vez que te expresaba lo que sentía tú te ibas y entraba otra persona: una equidistante, una objetiva, una que me proveía de un falso alivio, porque yo jamás busqué todo eso. Yo solo quería saber qué sentías tú. Fue mucho esperar que me liberases de aquello, que me dijeras lo que necesitaba escuchar para ponerme en marcha y protegerme un poco más.
Ha pasado el tiempo, y ahora tengo la sensación de que en el fondo estabas cómoda con todo eso: con mi cariño inacabable, con que te acariciase las heridas, con cogernos de la mano, con tener a quien te veía con esos ojos que solo tienes cuando estás enamorada, con dejarme decirte lo increíble que eras y lo preciosa que me parecías, con ponerte una sonrisa cómplice cada vez que te arreglabas, con mirarte con ese apetito en los ojos, con hacerte sentir ese fuego que te reconfortaba pero que nunca fue suficiente. Creo que esas cosas, al final, te gustaban, porque el equilibrio perfecto entre un amor pasional y saber llevarte a ti y a tus tiempos te lo di yo. Lo hice sin pararme a pensar en que tú no ibas a devolverme lo mismo.
Siempre me decías que querías a alguien que te viera con mis ojos y que te dijera un tercio de las cosas que yo te decía, dejándome quererte de aquella forma tan intensa sin ponerme jamás los pies sobre la tierra. Me dejaste caer en ese sentido, porque no fuiste capaz de revelar la verdad, de respetarme y aceptar que yo tenía derecho a saber que no era cierto que, de alguna manera, sentías lo mismo, que me pertenecía la decisión de tomar distancia para no darte todo lo que no iba a ningún lado.
Yo te arropé, te cuidé, te besé en las mejillas cada vez que tenías malos sueños y te abracé con fuerza cuando parecía que te ibas a desmoronar; tú me hiciste correr en una espiral de condescendencia, incapaz de enfrentar nuestras conversaciones incómodas, siendo tan increíblemente certera en todos los problemas ajenos a nosotras pero tan torpe para los que había entre tú y yo. Ojalá hubieras tenido la consideración y la valentía que hacen falta para ayudarme a ver con claridad, para hacerme llegar una verdad tan amarga como necesaria que me hiciera despertar y me permitiera avanzar lejos de todos tus comentarios abstractos. Ojalá hubieras sido capaz de no dejar estar todo el amor que nunca pudiste corresponderme.
Pero lo que más furiosa me pone no es toda esta historia, aunque lo parezca: lo peor de todo fue escuchar cómo me acusabas de vivir en el pasado, de no saber salir de las cosas que un día me dolieron contigo y por las que ni siquiera tuviste el valor de pedirme perdón. Te ponías a la defensiva cuando la que necesitaba hablar era yo, cuando hacías algo que me afectaba y mi intención era buscar una charla para entendernos las dos. Me culpabas por seguir pensando en tus faltas de respeto, me describías la herida que tengo, como si me psicoanalizaras, me sentabas otra vez en el sillón de terapia con el fin de no llegar a reconocer nunca que tú también te has equivocado conmigo y que no siempre me has tratado tan bien como te crees. Años buscando esa paz, pactando una tregua y buscándote para hablar contigo, desplegando (en los momentos en los que más fuerte me sentía) todo mi arsenal de pedagogía buscando que esta vez no me sacases las garras. Expresarte cómo me sentía me generaba rechazo y pavor porque siempre sabía cómo terminaba.
Arreglábamos el mundo con nuestras charlas, pero tú hacías tambalear los cimientos del mío con cada huída, con cada falta de respeto, con cada "No" cuando necesitaba hablar de lo que sentía, a pesar de que eso me estuviera retorciendo por dentro. Hoy me voy arriba, me subo a ese lugar alto que nos pertenecía para gritar con la ciudad a mis pies que ya no hace falta que te vayas, que ya he volado lejos de todo lo que no me decías.
¡No te jode! Claro que tengo una herida, porque duele mucho pasar años viéndote como todo lo que yo quería para que luego me golpeara tu silencio cuando solo pretendía que nos entendiéramos, que hubiera otra salida, que por una vez me dijeras "Lo siento" y me quitaras todo el rechazo que le tenía a hablar contigo. Solo intenté que fuéramos un equipo en lugar de sostener yo sola lo que creía ideal.
Por todos estos motivos, mi corazón no terminaba de latir tranquilo a tu lado, y eso es lo que me ha hecho emprender mi propio camino lejos de que te niegues a entenderme, lejos de tu condescendencia y fuera del alcance de esos feos que no merecía. Tienes razón, llevo conmigo una herida, esa que tiene tu nombre entre otros, esa que me hace tener miedo de volver a entregarme tanto, esa que me ha hecho morder sin preguntar primero, esa que me quedó en su día al acordarme de cuando me decías que no entenderías el mundo sin mí y que, si no existiera, me inventarías. Pero no todo es malo, también he aprendido que debo ser más selectiva con las personas en las que vuelco todo mi ser, porque no me gustaría volver a verme arrepentida.
Esta es la última carta que voy a escribirte, este es mi último adiós para cerrar un ciclo que hace tiempo ya se terminó.
Y, aunque a veces cueste, sonreiré por todo lo bueno que un día nos dimos.
Hasta la vista.