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Los ojos son ciegos, hay que buscar con el corazón

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     — ¿Que si me gustaría escribir algo que no sea triste? ¡Ya lo creo que sí! Pero... ¿Sabes esos momentos en los que todo es gris? Creo... que lo necesito. No se puede ver el sol por segunda vez si no ha caído la noche que lo tape.










    Tardé mucho tiempo en darme cuenta de que hay un enemigo que no vive en los rostros que conoces o en los que no. La tormenta me pilló por sorpresa más de dos, y de tres, y de cuatro veces; no pude darme cuenta de que en el cuento había un lobo hasta que mis huesos crujieron entre sus fauces. Siempre tarde... Mis amigos suelen esperarme, mirando fijamente al reloj como si él les devolviera la mirada. Y yo siempre llego tarde, con mi sonrisa de incomodidad y mis disculpas desgastadas. Aún me cuesta darme cuenta de que estoy hablando con la máscara que esconde el rostro de su dueño, sin inquietarme siquiera al ver que no me devuelve la sonrisa. No consigo recordar que todos, en mayor o menor grado, llevamos esa máscara para ocultar nuestro botón rojo. Hay, incluso, algunas que ya no tienen nada detrás... Y yo nunca me doy cuenta.

    Nunca me han gustado los bailes de máscaras. Las miradas no se encuentran tan fácil cuando hay algo que las tapa. Y es aquí, usualmente, cuando fallo, porque olvido que todas las almas que danzan en este inmenso salón a mi alrededor no son las únicas que pueden dañar. A veces, mi propia máscara se endurece y se reconstruye sin permiso. No pretendo alimentar el orgullo, el cinismo o la hipocresía, porque creo que, en su sano juicio, nadie querría dar de comer a sus demonios. Sin embargo, en ocasiones me encuentro con la rígida capa que oculta mi cara y que me recuerda que los enemigos más letales no solo bailan al son de sus risas fingidas, sino que también pueden vivir dentro de mí.

    Y es entonces cuando decido enfrentarme. No sé pararme cuando ahuyento a mi voz interior, esa que me dice que el fuego quema y que el hielo hiela. ¿Qué clase de arquero torpe se dispararía una flecha a sí mismo? Puede que la primera venda que me quité de los ojos fuera solamente la primera capa, pues no tengo claras las intenciones de las personas que dijeron quererme. Tampoco tengo siempre claras las mías hacia la gente que digo querer. Por mucho que me empeñe, mi enemiga interior sigue ganándome batallas; no son muchas, pero son importantes. Te cogí de la mano y te traje hasta aquí para mostrarte a quienes me hacen daño y tú, confusa, seguiste mirando al espejo que yo te señalaba. 

    ¿Quiénes sois para juzgarme si no habéis recorrido mis caminos a oscuras como yo lo hice? ¿Acaso una máscara para ocultaros os da el poder de señalarme para asegurar que lo habríais hecho mejor? ¿Qué pretendéis resaltando los errores de los demás para reafirmaros en vuestra falsa seguridad?

    Solo puedo aceptar lo que soy, los errores y los aciertos de los que estoy hecha, porque para eso forman parte de mí y nadie jamás podrá arrebatármelos. Mi vida es una complicada melodía que voy componiendo con cada nota, cada acorde y cada hilo de voz que puedo sacar en mis momentos de oscuridad para resurgir después. Voy notando cómo me envuelve el estribillo entre épicas violas y tambores, y aunque nadie más pueda escucharme renacer, sé que está sucediendo.

    No ha acabado nada, solo empiezo.

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    Siempre que miro al horizonte, no importa desde qué punto del mundo, sé que no estoy sola. Hay una voz que me grita desde muy lejos y, otras veces, parece que susurra detrás de mi oreja. Tengo la sensación de estar abrigada aunque mis ropas sean de seda y esté en medio de una tormenta de nieve. Hay algo que no me abandona, que me arropa el corazón para que no se me congele cuando el orgullo mata mi voluntad... Dulce néctar de vainilla que se cuela por cada una de mis grietas, evitando que me rompa del todo. 

    Siempre que miro al horizonte, siento que me devuelve la mirada en un grito camuflado de silencio, haciendo que florezca paz en mi interior. No importa cuánto pierda en un segundo, porque siempre me quedan unas manos preparadas para aguantar mis caídas en picado. Me queda tu olor para guiarme hasta mi lugar seguro, mi País de las Maravillas donde mis demonios no se atreven a bailar. No les tengo miedo a las olas más grandes que puedan partirme en dos en alta mar si sé que el faro sigue proyectando tu luz hacia donde se besan mi horizonte y el mar, pues aunque no cuente con nadie más, sería capaz de volver a nado si sé que eres tú esa luz que apenas veo parpadear, esperando que vuelva intacta. 

    El silencio se convierte en una orquesta de culpa chirriante que me arranca las cicatrices y me acaricia con su sal. El ruido que hace la vida se va apagando por mis escandalosos pensamientos y no veo el momento de soltar el látigo para darle un descanso a la misma espalda que lleva todo el peso de un error. Aquella noche, la luna estaba llena y mi razón se espantó cuando me vi resbalar con mis propias lágrimas, cuando me vi tropezar con las cuerdas de la trampa que había preparado. Me queda mi pena como pesado recordatorio de los pasos en falso que di en contra de mí... En contra de ti. Me queda este rencor cuando me recuerdo, cuando miro mis manos y dibujo mi cuerpo, tratando de encontrar el fallo. Me queda tu nombre en mis labios como reclamo de tu perdón cuando se han abierto mis grietas un poquito más. Y todo acaba igual, todo es empezar para acabar, y cuando se acaba, vuelta a empezar. Y el bucle sigue creciendo, alimentado por el ruido que hace el silencio, el ruido chirriante de los engranajes de mi cabeza chocando unos contra otros y haciendo saltar chispas que acaban por quemar mis circuitos. 

    Hasta que te oigo hablar. Todo por un momento se apaga. Todo cesa, todo para. Y por fin puedo empezar a entenderme, a comprenderme, a darme cuenta de que la luna llena me cegó y que quizás es momento de soltar el látigo para coger tus manos. Interrumpes mi agonía para recordarme que soy de verdad y que mi dolor solo significa que he vivido. El perdón es un lujo que no podemos permitirnos quienes hemos sido pobres de voluntad. Quizás algún día pueda abrazar al faro que emana tu luz esperando que vuelva a vivir dentro de mí como antes lo hacía. Quizás algún día vuelva a merecerte de un modo tan firme como lo es tu fe en mí. 

    Cuando oigo tu voz sé que es momento de parar, y es entonces cuando el horizonte me devuelve la mirada para abrazarme desde cualquier punto del mundo —o de la habitación—. Y es en ese momento cuando recuerdo de dónde vengo, dónde nacieron mis sentimientos, de qué estoy hecha... Por más embravecido que esté el mar y por más infestado que se encuentre de tiburones hambrientos de mi culpa, esa luz siempre me espera a la orilla opuesta. Aún no sé cuál sería tu gentilicio si te digo que eres de mí, de mi cuerpo, de mis ganas, de mis sueños, de mis pensamientos, de mis lágrimas, de mis canciones, de mis victorias y de mis derrotas, de mis mejores momentos, de mis poros, de mis melodías. Me das el subidón cuando mi yo está en coma inducido, pura adrenalina que revive a mi corazón agrietado, que ya solo palpita a tu ritmo...


    Ya solo palpita a tu ritmo.
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    Virginia Ayuso

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