Play

mayo 31, 2022

Cuando escucho una canción que me gusta, que me emociona, que me envuelve, que me excita o que me hace soñar, mi mente y mi cuerpo se ven alterados y ocurren cosas que, a veces, incluso son perceptibles si sabes mirar. 

Apenas me he puesto los cascos y ya estoy sonriendo porque en mi cabeza lleva todo este rato sonando la melodía que me tiene tan obsesionada. Me he pasado unas cuantas horas imaginando cosas con esa canción dentro de mí. Le doy al play. 

Ya no estoy en la cama ni tengo sábanas que cubran mi cuerpo. Mi sonrisa se ha dibujado con la perfección más genuina y traviesa que puede expresar mi cara y empiezo mi aventura. Sólo he escuchado las primeras notas y ya estoy bailando en algún garito de Madrid en el que suena esta canción. Noto cómo mi cuero cabelludo se eriza y toda esa piel se transforma en la máxima expresión de todo lo que corre por mis oídos hacia mi propia alma. La música acaricia mi cerebro y lo que me imagino termina por tomar el control. Mis ojos se aprietan y se reducen a dos líneas horizontales y pequeñas que dejan ver una hilera semioculta de pestañas. A veces acabo llorando por pura emoción, porque mi cuerpo no aguanta más y necesita expresarlo con agua y sal. Otras veces me da por sonreír tan fuerte que me duelen los pómulos. Esos pensamientos, esas historias que están hechas de momentos que sí han ocurrido y también de los que me gustaría que ocurrieran me están volviendo loca de felicidad. Cada nota, cada golpe suena entre sien y sien y yo canto la letra moviendo mis labios pero reprimiendo el sonido de mi propia voz. Se me pone la piel de gallina y me toco una mano con la otra buscando un poco de cobijo entre tanta intensidad. No sé cómo una canción puede hacerme sentir tanto, pero es como acariciar las nubes, como estar a unos cuantos pies de la cama que sostiene mi cuerpo. La música me hace pensar en ti, en envolverme contigo en alguna esquina alejada y privada en la que bailemos y nos besemos con los ojos, en la que nos demos la mano y nos vayamos acercando cada vez más y más. Me voy excitando y mi pecho se infla, elevando mi cuerpo un poco. Sigo sonriendo con los cascos puestos y me muerdo los labios de pura emoción. Estoy bailando en muchos sitios diferentes con esta canción de fondo y estoy besándote en cada rincón de la discoteca o de la habitación. El corazón me late con fuerza, con esa que me falta cuando no experimento la transformación que me provoca la música. Aprieto los puños y pongo un brazo encima de mi frente, cruzando mi cara. Tengo calor y mis caderas se mueven levemente debajo de las sábanas, como locas por echar a bailar en horizontal encima de aquella cama, anhelando quizás algo más que bailar. 

Cuando escucho música y sueño despierta, mi cuerpo sufre una transformación que va desde la piel erizada hasta los puños apretados y la sonrisa resplandeciente, chivata de lo que me pasa por dentro. Hay melodías que me hacen volar y trasladarme a otros momentos, a otros escenarios... A cosas que han pasado y a cosas que... aún no.

You Might Also Like

0 comments